Dios no cambia

Dios no cambia

La inmutabilidad  es aquella perfección, por medio de la cual, Dios se despoja de todo cambio no solamente en su Ser, sino también en sus perfecciones, propósitos y promesas. En virtud de este atributo queda exaltado sobre todos los sucesos, y está libre de todo aumento o disminución, de todo crecimiento o decadencia en su Ser y en sus perfecciones.

Su conocimiento y planes, sus principios morales y voluntad permanecen para siempre los mismos. Hasta la razón nos enseña que ningún cambio es posible en Dios, puesto que todo cambio conduciría a mejor o a peor. Pero en Dios, que es la absoluta perfección, son imposibles por igual la mejoras o la deterioraciones.

Esta inmutabilidad de Dios claramente se enseñan en pasajes de la escritura como en los siguientes: Éxodo 3:14; Salmos 102:26-28; Isaías 41:4; 48:12; Malaquías 3:6; Romanos 1:23; Hebreos 1:11-12; Santiago 1:17.

Al mismo tiempo hay muchos pasajes de la escritura que aparentemente atribuyen cambios a Dios. ¿No fue él quien habitaba en la eternidad, procedió enseguida la creación del mundo, fue Dios encarnado en Cristo, y hace su morada en la iglesia como Espíritu Santo? ¿No es él a quien se le representa revelándose y ocultándose, viniendo y regresando, arrepintiéndose y cambiando de intención, tratando al hombre antes de su conversión de un modo, y después de su conversión de otro modo? Compárese Éxodo 32:10-14; Jonás 3:10. Proverbios 11:20; 12:22; Salmos 18:26-27.

La objeción así implicada se basa hasta cierto punto en falta de comprensión. La inmutabilidad divina no debe entenderse como si implicara inmovilidad, como si en Dios no hubiera movimiento. La Biblia nos enseña que Dios entra en multiforme relaciones con el hombre, y como si así fuera, vive la vida humana con los hombres.

Todo cambia alrededor de Dios, cambian las relaciones del hombre para con Él; pero no se efectúa cambio alguno en el Ser divino, ni en sus atributos, decretos, motivos de acción, ni en sus promesas. El propósito creativo estuvo eternamente con Él, y no hubo cambio en Él cuando ese propósito se realizó por un sencillo y eterno acto de su voluntad. La encarnación no ocasionó cambio en el Ser o en las perfecciones de Dios, ni en su propósito, porque fue su eterno beneplácito enviar al Hijo de su amor al mundo.

Editor