La pureza del creyente

La pureza del creyente

La tentación no hace acepción de personas, de modo que todo el que trabaja para Dios va a ser tentado de muy distintas maneras a lo largo de su vida. Satanás quiere destrozar el testimonio de los cristianos, de manera que trata de humillar y tentar a los cristianos para que caigan ante el pecado. Su propósito es producir la presencia continua de la culpabilidad en nuestras vidas. Sin embargo, Cristo nos ha dado una victoria absoluta y eficaz en este sentido. Las Escrituras prometen: “Si confesamos nuestros pecados, Él es fil y justo y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”. Juan 1:9.

Su pureza es algo que nadie decide por usted, sino que requiere su decisión personal. Mídete en lo que el apóstol pablo le escribió a Timoteo: “Pero en una casa grande no solamente hay utensilios de oro y de plata, sino también de madera y de barro; y unos son para usos honrosos y otros para usos viles. Así que, si alguno se limpia de estas cosas, será instrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra”. 2 Timoteo 2:20-21.

En este pasaje, el apóstol Pablo explica a Timoteo que existen cuatro niveles distintos de ministerio, por los que podemos pasar como creyentes. Podemos escoger ser vasos de oro, de plata de madera o de barro. La calidad d estos objetos varía según su uso. No se usa una olla de oro para cocinar espaguetis, puesto que su vasija de oro y de plata forma parte de sus más valiosas posesiones. Están diseñadas para adornar. Sin embargo, en su casa hay otros artículos que no tienen tanto valor y que están diseñados para lo que Pablo llama propósito “deshonroso” y esos están fabricados de madera y de barro.

La clave en el éxito en el ministerio se encuentra en la frase: “si el hombre se limpia así mismo”. En el contexto se habla acerca de una conversación impura (v. 16), de la maldad (v.19), de los deseos codiciosos (n.22) y de los argumentos insensatos (v. 23). Todos estos pecados son opciones que tienen que ver con nuestra pureza.

“¡Si el hombre se limpiare así mismo!” no dice que tengamos que limpiar a nuestra esposa, a nuestros hijos, a nuestros amigos y a los otros creyentes, ni tampoco dice que las otras personas me tengan que limpiar a mí. Dice que yo debo limpiarme a mí mismo.

Si el hombre se limpia a sí mismo de estas cosas, se convertirá en un instrumento digno de propósitos honorables en las manos de Dios. El vaso que más honra a Dios es el que haya escogido estar limpio y será como oro o como plata.

Lamentablemente son muchos los cristianos que se conforman con ser como el barro; no dando nunca un testimonio efectivo, sin haber aprendido de verdad la Palabra de Dios o sin escoger una vida en la que no comprometen los niveles de su moral ni de su ética. Por no aspirar a ser vasos de oro, tampoco llevan a otros a Cristo y ejercen poca influencia sobre su familia y sus amigos.

La palabra “si” implica que cada uno de nosotros tiene en sí esta opción. Ninguno ha sido predestinado a ser impuro, ni pre-ordenado a ser mediocre o hacer las cosas a medias. No se ha determinado que quede sin discipular, que sea una persona que carezca de amor o de gozo. De hecho, se puede decir que es cierto justamente todo lo contrario. Jesucristo vino con el propósito de darnos vida y de dárnosla en abundancia (Juan 10:10). El plan que tiene para nosotros es que emprendamos una trayectoria ascendente y progresiva hacia Él.

 

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