Orar sin cesar es una manera de vivir

Orar sin cesar es una manera de vivir

 Estén siempre alegres, oren sin cesar, den gracias a Dios en toda situación, porque esta es su voluntad para ustedes en Cristo Jesús. 1 Tesalonicenses 5:16-18 NVI.

Cuando niño, solía preguntarme cómo alguien podía orar sin cesar. Me imaginaba a cristianos caminando con las manos juntas, la cabeza inclinada, y los ojos cerrados, chocando con todo. Aunque ciertas posturas y momentos específicos apartados para la oración tienen una relación importante con nuestra comunicación con Dios, «orar en todo tiempo» obviamente no significa que tengamos que orar de maneras formales o notorias cada minuto que estemos despiertos. Y no quiere decir que tengamos que dedicarnos a recitar patrones y formas ritualistas de oración.

«Orar sin cesar» básicamente se refiere a la oración que vuelve a suceder, no a hablar sin parar. Por lo tanto, debe ser nuestra manera de vivir, debemos tener constantemente una actitud de oración. El famoso predicador del siglo XIX, Charles Haddon Spurgeon, ofrece esta imagen vívida de lo que significa orar en todo tiempo:

Como los caballeros de antaño, siempre en guerra, no siempre en sus corceles corriendo hacia delante con sus lanzas listas para derribar a un adversario, pero siempre con sus armas donde las podían alcanzar rápidamente, y siempre listos a ser heridos o morir por la causa que defendían. Esos guerreros rudos a menudo dormían con sus armaduras; así que incluso cuando dormimos, aun debemos tener una actitud de oración, de manera que si tal vez nos despertamos en la noche todavía podemos estar con Dios.

Nuestra alma, al haber recibido la influencia divina que la hace buscar su centro celestial, debe estar eternamente elevándose de manera natural hacía Dios mismo. Nuestros corazones deben ser como esos faros y atalayas que estaban listos a lo largo de la costa de Inglaterra cuando se esperaba la invasión de la armada española en cualquier momento, no siempre con el fuego prendido, pero con la madera siempre seca, y los fósforos siempre al alcance, todo estaba listo para encenderse en el momento designado.

Nuestras almas deben estar en tal condición que la oración exclamativa debe ser muy frecuente en nosotros. Sin necesidad de hacer una pausa en el negocio y dejar el mostrador y ponernos de rodillas; el espíritu debe emitir sus peticiones silenciosas, cortas y rápidas al trono de la gracia.

Un cristiano debe llevar el arma de la oración como una espada desenvainada en su mano. Nunca debemos detener nuestras súplicas. Que nuestros corazones nunca sean como una pistola de poco uso, necesitando que se le haga de todo antes de poder ser usada contra el enemigo, sino que debe ser corno un cañón, cargado y preparado, requiriendo sólo el fuego para poder disparar. El alma no siempre debe estar ejercitando la oración, pero siempre funcionando en la energía de la oración; no siempre en realidad orando, pero siempre orando intencionalmente.

Me parece que orar en todo tiempo es vivir en un estado constantemente consciente de la presencia de Dios, donde todo lo que vemos y experimentamos se convierte en una especie de oración que se vive con una conciencia profunda y una entrega a nuestro Padre celestial. Es algo que comparto con mi Mejor Amigo, algo que comunico instantáneamente a Dios.

Obedecer esta exhortación significa que, cuando somos tentados, presentamos la tentación a Dios y pedimos su ayuda. Cuando experimentamos algo bueno y hermoso, inmediatamente le agradecemos al Señor por ello. Cuando vemos el mal alrededor nuestro, le pedimos a Dios que lo enderezca y que nos permita ayudar a lograrlo, si así él lo desea. Cuando nos encontramos con alguien que no conoce a Cristo, oramos para que Dios acerque a esa persona hacia él y nos use para ser un fiel testigo. Cuando encontramos problemas, nos volvemos a Dios como nuestro Libertador.

De este modo, la vida se convierte en una oración continuamente ascendente: Todos los pensamientos, obras y circunstancias de la vida se convierten en una oportunidad para tener comunión con nuestro Padre celestial. Así ponemos nuestras mentes «en las cosas de arriba, no en las de la tierra» (Colosenses. 3:2).

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