¿Por qué hacemos el mal que no queremos?

Nuestra nueva naturaleza quiere hacer el bien, pero el pecado aún nos molesta y en ocasiones nos gana, en este caso ¿Qué podemos hacer?

No entiendo lo que me pasa, pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco. Ahora bien, si hago lo que no quiero, estoy de acuerdo en que la ley es buena; pero, en ese caso, ya no soy yo quien lo lleva a cabo, sino el pecado que habita en mí.  Yo sé que en mí, es decir, en mi naturaleza pecaminosa, nada bueno habita. Aunque deseo hacer lo bueno, no soy capaz de hacerlo. De hecho, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Y, si hago lo que no quiero, ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que habita en mí. Romanos 7:15-20 NVI.

Pablo está explicando en este pasaje el conflicto entre un cristiano y el pecado. Su nueva naturaleza quiere hacer el bien, pero el pecado todavía le molesta y a veces le gana. Ahora cuando peca, siente que no está de acuerdo con su nueva identidad como cristiano. El pecado está presente como un enemigo dentro de su corazón. Es decir, aunque tenemos una nueva identidad, y el pecado no puede dominarnos como antes, la lucha continúa. Su corazón es como un país con un nuevo gobernador. Ahora Dios es el Rey, pero ¡hay grupos terroristas que frecuentemente atacan! Este libro va a mostrar cómo tener la victoria en esta guerra espiritual.

Debemos abandonar al viejo hombre y vestirnos del nuevo hombre. Aunque en un sentido ya somos una nueva persona en Cristo, en otro sentido ha empezado un largo proceso de crecimiento. Debemos ponernos el nuevo ropaje en Cristo poco a poco. Esto significa abandonar el pecado y desarrollar una nueva vida sana:

Con respecto a la vida que antes llevaban, se les enseñó que debían quitarse el ropaje de la vieja naturaleza, la cual está corrompida por los deseos engañosos; ser renovados en la actitud de su mente; y ponerse el ropaje de la nueva naturaleza, creada a imagen de Dios, en verdadera justicia y santidad. Efesios 4:22-24 NVI.

No podemos simplemente dejar de hacer lo malo, sino que tenemos que reemplazar lo malo con lo bueno.

Había un joven con un deseo ferviente de vivir una vida santa. Decidió no tomar el microbús al trabajo porque el conductor excedía un poco la velocidad máxima, y él mismo se sentía culpable por eso. Después, dejó de trabajar en la oficina porque otra persona escuchaba canciones en la radio que él consideraba una mala influencia. Poco a poco se fue aislando del mundo ¡hasta que no salía de su casa! Tenía miedo de salir a la calle porque significaba someterse a muchas tentaciones. Aunque tenía treinta años, su madre tenía que cuidarlo como a un niño.

¡Obviamente esto no es el estilo de vida que el Señor quiere para nosotros! El hecho de no hacer nada también es un pecado, porque hay muchas cosas buenas que debemos hacer. ¡No podemos amar a nuestro prójimo si quedamos sentados en la casa sin comunicarnos nunca con él!

En algunas personas el Señor hace cambios dramáticos. Por ejemplo, hay casos de drogadictos y alcohólicos que han sido liberados de su vicio en forma instantánea. Sin embargo, eso no es lo que sucede a la mayoría. Muchas veces la lucha es larga y difícil. Normalmente los cambios son graduales. Espiritualmente, somos como un niño que nace y crece de a poco, dejando a un lado las costumbres egocéntricas, y aprendiendo a amar a Dios y a su prójimo. La gran diferencia está en que el Espíritu Santo vive en nosotros, y por lo tanto el pecado ya no puede controlarnos.