Debemos orar constantemente

Debemos orar constantemente

Tenemos ejemplos en la Biblia que nos indican que debemos orar frecuentemente, porque la oración es necesaria para estar fortalecidos y mediante ella podemos conocer la voluntad de Dios y también estaremos en condiciones para someternos en obediencia a esta voluntad divina

El ministerio terrenal de Jesús fue sorprendentemente breve, apenas tres años. Sin embargo, en esos tres años, como debió haberlo sido en sus años previos, pasó gran cantidad de tiempo en oración. Los Evangelios informan que Jesús tenía por costumbre levantarse temprano en la mañana, antes de amanecer, para tener comunión con su Padre. En la noche, con frecuencia iba al monte de los Olivos o algún otro lugar tranquilo para orar, generalmente a solas. La oración fue el aire espiritual que Jesús respiró cada día de su vida. Él practicó una comunión interminable entre él y el Padre.

Él instó a sus discípulos a hacer lo mismo, y les dijo: «Velad, pues, en todo tiempo, orando que tengáis fuerzas para escapar de todas estas cosas que han de suceder» (Luc. 21:36).

La iglesia primitiva aprendió esta lección y mantuvo el compromiso de Cristo de orar continua e incesantemente. Incluso antes del día de Pentecostés, los 120 discípulos se reunieron en el aposento alto y «perseveraban unánimes en oración» (Hech. 1:14). Esto no cambió incluso cuando 3.000 fueron añadidos a la comunidad en el día de Pentecostés (2:42). Cuando los apóstoles fueron guiados a estructurar la iglesia para que el ministerio se pudiera cumplir de manera efectiva, ellos dijeron: «continuaremos en la oración y en el ministerio de la palabra» (6:4).

A lo largo de su vida, el apóstol Pablo fue ejemplo de este compromiso con la oración. Lea de las bendiciones en varias de sus epístolas y descubrirá que orar por sus compañeros creyentes era su práctica diaria. A los creyentes romanos les dijo: «Porque Dios… me es testigo de que sin cesar me acuerdo de vosotros siempre en mis oraciones» (Rom. 1:9, 10; 1 Coro 1:4; Efe. 5:20; Fil. 1:4; Col. 1:3; 1 Tes. 1:2; 2 Tes. 1:3, 11; Film. 4). Sus oraciones por los creyentes a menudo lo mantenían ocupado «día y noche» (1 Tes. 3:10; 2 Tim. 1:3).

Puesto que oró por ellos continuamente, Pablo fue capaz de exhortar a sus lectores a orar de esa manera también. Instó a los tesalonicenses a orar «sin cesar» (1 Tes. 5:17). Mandó a los filipenses a dejar de estar afanosos y en cambio presentar «vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias» (Fil. 4:6). Animó a los colosenses a perseverar «siempre en la oración, vigilando en ella con acción de gracias» (Col. 4:2; cf. Rom. 12:12). Y para ayudar a los efesios a armarse para combatir con las tinieblas espirituales del mundo que los rodeaba, dijo: «orando en todo tiempo en el Espíritu con toda oración y ruego, vigilando con toda perseverancia y ruego por todos los santos» (Efe. 6:18). La oración incesante y constante es esencial para la vitalidad de la relación de un creyente con el Señor y su capacidad de funcionar en el mundo.

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