¿Si Dios decreta todo lo que sucede eso le hace autor del pecado?

El decreto de Dios es su propósito eterno, según el consejo de su propia voluntad, en virtud del cual ha ordenado de ante mano para su propia gloria todo lo que sucede

Dios no puede ser el autor del pecado. Esto se deduce igualmente de la escritura, Salmos 9:15 NVI; Han caído los paganos en la fosa que han cavado; sus pies quedaron atrapados en la red que ellos mismos escondieron. Eclesiastés 7:29 NVI; Tan solo he hallado lo siguiente: que Dios hizo perfecto al género humano, pero este se ha buscado demasiadas complicaciones». Santiago 1:13 NVI; Que nadie, al ser tentado, diga: «Es Dios quien me tienta». Porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni tampoco tienta él a nadie. 1 Juan 1:5 NVI; Este es el mensaje que hemos oído de él y que les anunciamos: Dios es luz y en él no hay ninguna oscuridad. Y también se deduce de la ley de Dios que prohíbe todo pecado, y de la santidad de Dios, que Él no es autor del pecado.

Hacerle a Dios responsable del pecado no es correcto; el decreto solamente hace a Dios el autor de seres morales libres, mismos que son los autores del pecado. Dios decreta mantener la libre elección de estos; regular las circunstancias de sus vidas, y permitir que la libre determinación se ocupe en multitud de actos de los cuales algunos son pecaminosos. Por buenas y santas razones Dios hace que estos actos pecaminosos acontezcan de seguro; pero el no decreta producir los malos deseos, ni decreta decidir eficientemente la preferencia en el hombre.

El decreto respecto al pecado no es decreto eficiente sino permisivo, o decreto para permitir, a diferencia del decreto para producir, y Dios no puede aplicar su divina eficiencia para producir pecado.

El problema de la relación de Dios con el pecado permanece como un misterio para nosotros, misterio que no somos capaces de resolver. Puede decirse, sin embargo, que su decreto que permite el pecado, en tanto que hizo segura la entra del pecado en el mundo, no significa que Dios se deleita en la maldad; sino únicamente que Él considero sabio permitir el mal para el propósito de su propia revelación no obstante lo aborrecible que es el pecado a la naturaleza divina.