El Sentido PRESBITERIANO de la Vida – Juan A. Mackay

El Concepto Presbiteriano de Dios

El Dios Viviente

Al través de los siglos la vida y pensamiento presbiterianos han sido influidos por un sentido de la majestad de Dios y su gobierno soberano sobre la naturaleza y todas las cosas humanas. A esto se ha sumado de igual manera, un, sentido de la eternidad de Dios y la brevedad y transitoriedad de la vida humana.

Tal sensibilidad para esas dimensiones de la realidad, se ha debido en gran parte, al uso que han hecho los Presbiterianos de los Salmos hebreos como un medio de alabanza en la adoración pública y privada.

Por varias generaciones la versión métrica de los Salmos de David fueron los únicos cantos permitidos en círculos presbiterianos en Ginebra, Escocia y en los Estados Unidos. «Los himnos no inspirados» fueron excluidos de las melodías cantadas en el santuario y alrededor del altar familiar, permitiéndose solamente el uso del libro de alabanza inspirado por el Espíritu.

Tal vez el criterio utilizado para determinar las propiedades de la adoración cristiana, fue demasiado estrecho. Sin embargo, esto nos revela que esa colección incomparable de poesía religiosa de la literatura universal, ha venido a ser una parte integral de la herencia presbiteriana. Aquellos sublimes sentimientos de David y sus visiones del Dios de Israel, que es también el «Dios de toda la tierra», se fueron introduciendo en el alma de generaciones sucesivas de Presbiterianos, conmoviendo profundamente sus pensamientos e imaginación.

Escuchemos algunas de estas estancias:

«¡Oh, Señor, cuán grande es tu nombre en toda la tierra!», «Los cielos cuentan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos», «De eternidad a eternidad Tú eres Dios», «Mis días están en tu mano», «Jehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién temeré?»,

«Acabamos nuestros años como un pensamiento…», «Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría», «Confía en Jehová, y haz bien, y habitarás en la fierra y te apacentarás de la verdad», «Bendito el Señor Dios de Israel que sólo ha hecho maravillas», «Bendito sea su glorioso nombre para siempre, su gloria llena toda la tierra».

Desde los días de Calvino hasta nuestros días, nadie podría cantar estas rapsodias sin sentirse sobrecogido por un sentido irresistible de la presencia del Dios viviente.

Es aquí en, el salterio, donde son proclamados, de una manera conmovedora, la majestad y el dominio soberano de Dios, así como la aceptación amorosa del hombre y el tránsito de éste de las sombras efímeras de su existencia al amparo de su eternidad y la seguridad y significación de la vida humana cuando ésta está vinculada al propósito de Dios.

Al traer a colación estas reflexiones sobre los Salmos, recuerdo aquella tremenda impresión que tuve cierta vez en el salón de la clase de Filosofía, de la Universidad de Aberdeen, al oír a mi maestro hegeliano, quien por regla general adoptaba una actitud de mofa para las creencias cristianas. Le oí decir lo siguiente: «En toda la literatura humana— dijo el traductor al inglés de la

Fenomenología del Espíritu, de Hegel— no hay nada comparable a la íntima y directa conversación entre Dios y el hombre tal como se halla en los Salmos hebreos». Esto es muy cierto. En estas antiguas melodías se percibe un eco dela expresión clásica de la religión de la Biblia, la cual constituye también, un tesoro del Presbiterianismo que ha sido expresado en cierto grado en su testimonio histórico.

Me refiero pues aquí, a la relación que existe entre un sentido de la grandeza y trascendencia de Dios con un sentido de la condescendencia de su gracia al tener contacto con los hombres pecadores y transitorios de esta tierra.

Es decir, me refiero a esa posibilidad que tiene el hombre de poder decirle al eterno Dios y Señor de la tierra y los cielos, con un, espíritu de reverente temor y amante devoción: «Tú eres mi Dios por siempre y para siempre».

Indudablemente, la vida humana no tiene una experiencia más sublime que ésta. Debe observarse, sin embargo, que en cada caso existe una relación inseparable entre la seguridad que es un don de Dios y la bondad que es deber del hombre. En los Salmos en particular, o en la Biblia en general, no existe seguridad divina para el hombre que no tenga como fundamento la obediencia de éste para con Dios.

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