En el transcurso de la historia, el cristianismo ha estado siempre marcado por la oposición y el conflicto entre dos corrientes, que según las épocas y los países, han tomado formas muy distintas:

1. La primera de estas corrientes puede ser llamada “Sacramental”. Ella insiste en la presencia efectiva de Dios en ciertos lugares o determinados objetos. “lugares” y “objetos” deben ser entendidos aquí en un sentido muy amplio. Puede tratarse por ejemplo, de sitios como un santuario o un lugar de peregrinaje; de instituciones, como el papado, el clero, los sínodos o el Consejo Ecuménico de las Iglesias; de textos sagrados, como la Biblia, los decretos conciliares o las “confesiones de fe”; de ceremonias, como los sacramentos o los ritos, etc.

La corriente sacramental considera que Dios se encuentra y deviene presente en los lugares o en los objetos a los que ha decidido ligarse. Gracias a ellos y a través de ellos, el feligrés entra en contacto con la realidad divina misma. Revisten por tanto una importancia capital; se le considera “santo”, “sagrados”, es decir, “divinos”. Perderlos significa perder el contacto con Dios; profanarlos equivale a atentar contra la presencia misma de Dios. La religión se organiza a su alrededor, se estructura a partir de ellos y depende de ellos.

Esta primera corriente tiene forma protestante. Sin embargo, encuentra su expresión más acabada en el catolicismo, con la doctrina de la transustanciación que ve en la hostia consagrada no el símbolo del cuerpo de Cristo sino su cuerpo mismo.

2. La segunda corriente se define por su carácter iconoclasta. Se denomina “iconoclasta” a aquellas personas que destrozaban o destruían los “íconos”, es decir, las imágenes sagradas. Por extensión, esta palabra designa a aquellos individuos que no admiten ninguna representación y rechazan todo intento de colocar a Dios en un sitio. Critican las estatuas y los cuadros, y también el ritualismo, el dogmatismo, el eclesiocentrismo y el biblismo. No actúan así por impiedad, como a veces se les acusa, sino porque temen, no sin razón, que se divinizan los ritos, los dogmas, la Iglesia o la Biblia. Consideran que al sacralizar los lugares y los objetos se blasfema porque sólo Dios es sagrado. Nada lo puede retener, ni “encerrarlo”, como decía Calvino. No reside ni mora en ninguna parte; viene a nosotros cuándo y cómo él lo desea. No es necesario entonces ligar su presencia con un lugar y con objetos determinados; su presencia no es material, sino espiritual, en otras palabras, ella depende exclusivamente de la acción del Espíritu.

Esta segunda corriente tiene formas católicas, sin embargo, encuentra su expresión más acabada en el protestantismo, que tiene por vocación encarnar y conservar este carácter iconoclasta dentro de la fe.

Los protestantes han tomado como divisa; soli Deo gloria,  a Dios sólo la gloria. Dios solo es Dios; fuera de él nada es sagrado, divino o absoluto. El sobre pasa todo aquello que nosotros podemos ver, tocar pensar e imaginar. No se confunde con aquello que manifiesta su presencia. Siempre existe una distancia y una diferencia, entre lo que él es y aquello que lo expresa. Por tanto, debe uno oponerse sin cesar, contra todo aquello que pretenda representarlo o definirlo. Es necesario rechazar obstinadamente, la identificación y la asimilación de la realidad divina con los símbolos que nos hemos dado de ella. La “protesta protestante” consiste, primeramente me parece, en esta revuelta y en este rechazo.

LOS GRANDES PRINCIPIOS DEL PROTESTANTISMO, ANDRÉ GOUNELLE, EDITORIAL CAJICA, PP. 16-17

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