Viviendo la gracia – Apolinar Hernández

Como cristianos entendemos la gracia como aquel acto, de parte de Dios, por el cual somos beneficiados de sus favores sin haber hecho nada para merecerlos, y, sin embargo, somos tratados con amor, misericordia y sobreabundados en todo. Aceptamos de gran gusto este hermoso significado y declaramos que somos salvos por gracia. Sin embargo, la mayoría de los cristianos dejamos de vivir bajo el concepto de gracia y nos posicionamos en una actitud legalista frente al Mundo.

Debemos entender que Dios nos muestra muchas de sus virtudes para que nosotros seamos los portadores de éstas al mundo para salvación del mismo. La Iglesia ha sido puesta para expresar el multifacético amor de Dios al Hombre, y esta responsabilidad la hemos diluido y nos erigimos como jueces y reyes de la tierra, juzgando duramente a las personas. 

Jesús enfatizó esta actitud equivocada cuando visitó a aquel fariseo para comer, y estando en su casa, entró una prostituta para ungir al Maestro según lo registra Lucas capítulo 7 versículo 36 en adelante. Al final del relato, Jesús pone de manifiesto que ni siquiera tenemos en claro qué hemos recibido de parte de Dios y pensamos que somos mejores que los demás, cosa totalmente equivocada.

Muchas veces perdemos la dimensión correcta de dónde hemos venido, qué somos y hacia dónde vamos. La Gracia no es un acto exclusivo para nadie, es la Gran Dádiva de Dios al mundo, y aunque no todos creerán el Evangelio de Salvación, el ofrecimiento es sincero de parte de Dios. Y es su Iglesia la portadora de tal ofrecimiento, pero debe darse en total plenitud.

La Biblia dice que “Por cuanto todos pecaron, están destituidos de la gloria de Dios” (Rom. 3:23) y que “No hay justo, ni aún uno” (Ro. 3:10). Así que en realidad todos somos podrida llaga que por nuestro pecado nos hemos convertido en enemigos de Dios. “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Ro. 5:8), así que, “Nosotros le amamos a Él (Dios), porque Él nos amó primero” (1 Juan4:19). En otras palabras, no hemos hecho nada para ser salvos, todo ha sido un acto de la misericordia de Dios en favor nuestro, por lo tanto, Dios espera que con esta misma actitud de misericordia actuemos frente al mundo, amándole y sirviéndole. 

Es triste ver que la Iglesia, en lugar de amar y servir, se ocupa en prejuzgar, juzgar y condenar a las personas. Es lamentable que el Mundo ha dejado de voltear a la Iglesia como un referente para entender y guiar sus actos. En lugar de eso, sabiendo de antemano que será juzgado duramente, prefiere evadir a la iglesia.

Como cristianos buscamos mantener un estado monástico, nos encerramos en nuestra esfera de cristal, no interactuamos con los demás, nos conocen por ser antisociales, ermitaños, con caras adustas, malhumorados, nadie quiere hablarnos o convivir con nosotros, somos los enojones del vecindario o del trabajo, siempre con cara de frustración, regañando a todo el mundo, censurando la opinión de todos, somos los primeros en iniciar el chisme, nos “escandalizamos” de la vida ligera, laxa e inmoral del otro.

Todo esto sin entender que nosotros somos igual o peor que ellos, porque, a decir verdad, no hemos dejado de pecar, seguimos estando en una lucha interna con nuestra naturaleza pecaminosa, y una etiqueta de cristiano no es suficiente para llevar una vida perfecta, porque la vida cristiana no lo es, la verdadera vida cristiana es una vida en santidad, amando a Dios por sobre todas las cosas y amando a mi prójimo como a mí mismo. Si no entendemos la diferencia entre ser religiosos y ser santos, entonces nuestra vida estará en una frustración constante y estaremos amargando al mundo, tal y como sucedió con los fariseos.

Jesús le dijo al Padre “No te ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en tu verdad: Tu Palabra es Verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo” (Jn. 17:15-18) Así que es claro que somos llamados de Dios, no por algo que hayamos hecho y en pago justo nos ha sido retribuido, es por el puro afecto de su amor expresado en misericordia que nos ha llamado para hacer exactamente lo mismo, siendo Jesús nuestro Primer y Gran ejemplo; y, al mismo tiempo debemos entender que espor el ejercicio del estudio de la Palabra que seremos nutridos y santificados, no es un acto espontáneo y mágico, es el fruto de nuestra responsabilidad de querer depender total y absolutamente del Padre, haciendo su voluntad y no la nuestra. 

Tenemos que entender que debemos vivir delante de los demás con misericordia, tratando de sentir compasión por la vulnerabilidad de los demás, porque esa misma vulnerabilidad habita en nosotros. La Iglesia ha sido llamada a ser restauradora de aquellos que se acercan a Dios, con una actitud de empatía, misericordia, soporte, ayuda, orientación y guía a través de las Sagradas Escrituras. Para crecer mutuamente, unos necesitamos de otros, nadie es más que nadie en el Reino de los Cielos, todos somos hermanos y colaboradores en la santificación y pureza de su Iglesia.

Una mujer se acercó a mí pidiendo orientación y consejo acerca de su vida, era la primera vez que me veía y me escuchaba, y abrió su corazón para sacar todo lo que le angustiaba y de lo cual no sabía qué o cómo hacerle. Hablamos un tiempo y por la tarde me envió un mensaje:“Hola, buenas tardes, solo deseo agradecerte el tiempo que me dedicaste por la mañana y por todos los consejos que amablemente me diste. Soy una persona que no a cualquiera le cuento mis problemas, pero no sé por qué tú me diste confianza y más. Pensé que podías juzgarme, pero lo que recibí de ti, fueron sólo comprensión y orientación. Hubiera querido decirlo en persona, pero en esos momentos estaba muy sensible. Gracias mil por todo. Eres un gran ser humano. ¡Bendiciones!”

Quiera Dios que dejemos de prejuzgar al mundo, de condenarlo, cuando en realidad el ofrecimiento de salvación de parte de Dios está aún vigente. Abramos nuestros corazones, ofrezcamos lo mejor de nosotros a los demás y dejemos que Dios obre en los corazones que son impactados por nuestra vida. La Gracia es un acto de Dios que es expresada al mundo a través de nosotros, su verdadera Iglesia.


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